No se trata de Juan Domingo Biden, sino de Donald Trump jr.

El flamante presidente de los norteamericanos no ha venido a profundizar las medidas progresistas con la que sueña la izquierda latinoamericana, sino que está muy lejos de ello. Biden intenta establecer una suerte de controles y capacidad de negociar con sectores con el objetivo de permitir los reclamos organizados por parte de los trabajadores, al mismo tiempo que contar con capacidad de fomentar una serie de reformas que mejoren las condiciones objetivas de los trabajadores. No se trata de una muerte del capitalismo, como muchos han sugerido, ni de una peronización del presidente norteamericano tal como sugiere el presidente Alberto Fernández, sino de un conjunto de políticas que ayudan a fomentar la incorporación ordenada de los trabajadores norteamericanos a una estructura productiva que continúa en franco crecimiento desde la época de Donald Trump.

Téngase en cuenta que mientras Biden corporiza una política que no significa el abandono del capitalismo sino un reacomodamiento de piezas, tendiendo, en estas medidas específicas, a la inclusión de más americanos en el mercado de trabajo y en el circuito productivo. No ha desestimado ninguna de las medidas establecidas por Trump con respecto a las restricciones impuestas a China, sino que continúa el fortalecimiento de acciones concretas de protección al mercado interno norteamericano.

Hay que tener en cuenta que Estados Unidos es un país que no posee el nivel de presidencialismo a los cuales estamos acostumbrados los latinoamericanos sino más bien se trata de una República en la cual salvo entrar en guerras o publicar tweets polémicos los presidentes se encuentran con muchas restricciones.  Esto es debido a la estructura del sistema norteamericano que cuenta con muchísimos lugares de poder e influencia que no se restringen solamente al congreso y a la Cámara de Senadores.

Si miramos para atrás en la historia norteamericana podemos notar que el discurso que se ha naturalizado acerca de demócratas y republicanos no siempre tiene que ver con la realidad ni de la política ni de la economía del país, sino que se trata de representaciones sociales y de discursos políticos acerca de las tendencias puestas en debate en el bien común. Basta revisar la realidad de las acciones de Estados Unidos como Estado mismo a lo largo de la historia: ni los campos de concentración para japoneses erigidos en la Segunda Guerra Mundial ni los bombardeos a la ex Yugoslavia fueron promovidos o decididos por presidentes republicanos.

De hecho, si comparamos el gobierno de Obama ha sido mucho más belicista en términos concretos que del mismo Donald Trump. Cabe recordar que fue este último el que decidió el retiro completo de las tropas norteamericanas en Afganistán y quien impuso las medidas proteccionistas del mercado interno norteamericano tanto en el marco de la pandemia como en el de la guerra comercial con China.

La desestabilización política y los ataques al Capitolio del 6 de enero de 2020 no iban de la mano de una mirada política republicana de conjunto sino más bien tenían que ver con la personalidad y las ambiciones del mismo Trump. El presidente podía mostrarse como un nacionalista extremo, como racista y xenófobo en Twitter pero, a decir verdad, su política de ayuda social en el marco de la pandemia y la generación de empleos que se dio en su mandato no tuvieron precedentes y no por una cuestión personal sino porque fue condicionado a establecer una serie de políticas que le urgían al mismo sistema capitalista norteamericano.

Una enseñanza política y social al respecto devino de la misma estructura electoral que había colocado a Trump en el poder y estaba referida a las condiciones sociales cuasi marginales de gran parte de sus votantes. Cabe recordar que en las elecciones en las cuales triunfó nunca obtuvo una mayoría de votos en ninguna ciudad de más de 1 millón de habitantes. Eran los pequeños rincones olvidados de Estados Unidos que encontraron en él un representante que los podía sacar de su marginación económica y su desfavorecido entramado social.

Fue así que la trama neuronal del sistema político y económico norteamericano percibió el peligro de extender el malestar económico al resto de su población. Si bien el neoliberalismo generado en 1989, en el contexto de los acuerdos de Washington, había propiciado la concentración de capitales en manos de las empresas multinacionales y el capital financiero percibió, bajo el mandato de Trump, dos momentos que llamaron la atención sobre supervivencia del capital en todas sus formas.

El primero tiene que ver con el avance de China y su influencia en el mundo de la economía internacional. Si bien las grandes empresas norteamericanas encontraron en China un aliado imprescindible para maximizar sus ganancias fabricando sus productos en una dictadura comunista que colocaba mano de obra semiesclava a los servicios del capital, estaban alimentando a un monstruo que, de conseguir resolver sus problemas internos, podría expandirse y erigirse como un nuevo imperio que reemplazaría a los norteamericanos en los diversos confines del mundo.

En esa dinámica se alimentó una paradoja: mientras las empresas como Apple producían sus celulares a 200 dólares y se quedaban con un 800 de ganancia por cada uno de esos, los norteamericanos venían arrastrando la marginalización de gran parte de su población debido, entre otras cosas, a la desinversión producida por la mudanza de las grandes empresas norteamericanas a países que ofrecían mano de obra barata y pocas o nulas regulaciones ambientales.

Mientras las grandes empresas producían productos baratos en el exterior y se quedaban con una gran cantidad de beneficios por eso, los mismos norteamericanos no producían el dinero suficiente para consumirlos, ya que gastaban gran parte de sus vidas y su economía intentando sobrevivir a un cotidiano desfavorable. Fue ésta la principal causa económica del triunfo de Trump quien consiguió un poder político más o menos ficticio que se determinó corporiza ando en la exacerbación de las derechas blancas y desfavorecidas que había dejado el enriquecimiento de las multinacionales más allá del territorio.

La segunda cuestión tiene que ver con las emergencias políticas y económicas a lo largo del mundo que se visibilizaron, catalizaron y profundizaron con el devenir de la pandemia producida por el Covid-19. Durante meses las estanterías de los países centrales se vieron reducidas debido a cuestiones logísticas y a otras de orden productivo. Las crisis sociales que surgieron y se visibilizaron a partir de las recesiones económicas en el contexto de la pandemia generaron un conjunto de protestas en diversos lugares de Europa y América.

Los diferentes movimientos que rechazan a los políticos tradicionales no solamente llaman la atención sobre una cuestión exclusivamente política que tiene que ver con los distintos liderazgos nacionales. En muchos lugares se podría llegar a firmar que dicho descontento tiene más que ver con las necesidades básicas insatisfechas que cada cultura considera relevantes. De allí que la desestabilización de las economías regionales se mezcle con la presencia y el rechazo de los inmigrantes en los países avanzados.

Tanto en Europa cuyas culturas centenarias son puestas en jaque día a día por inmigrantes provenientes de África y Medio Oriente, como en Estados Unidos, cuyos habitantes ven pulular a un sin número de inmigrantes que se ganan la vida como pueden, se ha dado un fenómeno que ha hecho resurgir los problemas del racismo y la xenofobia.

Si bien el caso europeo merece un análisis aparte, cultura por cultura y país por país; el norteamericano es más fácil de dilucidar, ya que se trata de trabajadores blancos que, habiendo sido marginados durante años de políticas excluyentes, han reaccionado políticamente volcándose a la aceptación de discursos de extrema derecha. Esta postura no suele molestar a los empresarios, pero sí lo hace el extremismo que genera cuando estas ideas se concretizan en hechos violentos, desórdenes sociales y polarizan a la población.

El mismo sistema que gobierna al país comienza a cuestionar las políticas en las que se ha derivado a pedido de los grandes capitales. De esta manera es dable pensar que el establishment ha considerado la reformulación de un nuevo pacto social basado en un rescate al mismo corazón del capitalismo, tal como lo fue luego de la crisis de 1930 y salvataje financiero a los bancos y empresas en el 2008.

Ahora le toca el turno a la estructura económica que necesita de la generación de empleos genuinos y de la circulación de dinero para poner a funcionar la vieja maquinaria que convirtió a Estados Unidos en la potencia que es y cuyos arquitectos políticos temen que los chinos reemplacen su poderío productivo e influencia internacional, relegándolos y degradándolos al mismo nivel de una mera colonia.

Obviamente que los riesgos no son pocos y se espera, como mínimo, un aumento de la inflación producida por el volumen de billetes que se inyecta a la economía norteamericana, tanto en el plano de lo social infraestructural como en el de la puesta en marcha de la nueva economía y el esperable aumento de la producción.

En este sentido podemos decir no solamente que el capitalismo no fue vencido, sino que Estados Unidos se reinventa como la potencia que supo ser en base a una serie de reformas económicas y sociales que permitan una paz política acompañado de la mano de una producción eficiente y un mercado extensivo que va en sinceras vías de recuperación desde la misma presidencia de Donald Trump, quien reinaba, pero no gobernaba.

Ni las protestas originadas por el asesinato de George Floyd que reditaron el BLACK LIVES MATTER, ni el ataque al Capitolio han quedado atrás. El sistema le da dado un duro golpe a Trump un pero no eliminado los antagonismos que provocaron la alteración de la silenciosa democracia norteamericana que normalmente no se inmiscuye en asuntos empresariales.

John Biden no representa una revolución progresista sino el reacomodamiento de las reglas de juego que, todo indica, van a producir una serie aceleraciones en la economía del país del norte. Mientras los europeos salen de la pandemia a pasos pequeños y sin arriesgar demasiado, los norteamericanos pusieron su máquina económica y política a calentar y largaron hacia una nueva carrera que los puede posicionar en el mismo nivel de influencia mundial que tuvieron con el Plan Marshall una vez que finalizó la Segunda Guerra Mundial.

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