El Taura, compadrito, niño bien y engrupido (léase nuestros políticos –salvando honrosas excepciones-) vive una buena vida de la guita ajena (léase la plata de los contribuyentes), hasta que un día los contribuyentes, -esos que nunca figuran en los discursos de campaña- asuman que su obligación además de pagar impuestos es vigilar el uso correcto de su contribución a la ciudad

El conocido refrán del lunfardo refleja nuestro actual estilo de hacer política.

ANTES DE 1983 los concejales no cobraban sueldo, los intendentes eran vecinos reconocidos por sus virtudes en la actividad privada y la buena administración de los dineros públicos era el valor principal de un gobierno municipal. Es decir, los políticos de entonces no vivían de la política y por lo tanto el motivo de su interés en ocupar un cargo público era -sin duda- el servicio a su Comunidad. La gestión de Antonio Rodríguez Ríos y de Victoriano Salazar son buenos ejemplos de ese modo de hacer política local.

Las elecciones de 1983 traen un nuevo estilo. El interés del político se  centra en su carrera política por encima del “servicio a la Comunidad” y para ello organiza un “equipo” de punteros políticos a sus “órdenes”. Ahora el Intendente, concejales y los políticos en general viven de la política.  Y vivir de la política es vivir del Estado

El detalle (ese pequeño gran detalle) es que los dineros para mantener esa superestructura se alimenta de los contribuyentes que aportan su dinero para ser bien administrado y recibir a cambio servicios de calidad y obras públicas.

Este estilo cambia por completo las razones por las cuales se toman las decisiones municipales y explica la superpoblación de nuestros municipios, porque los punteros no se van cuando acaba la gestión de su “jefe” y van quedando como una reserva por si el “jefe” los necesita o quiere (y puede) volver. Claro, quedan disfrazados de empleado de “planta”, con sueldo por supuesto.

Con ello se aumenta innecesariamente la planta municipal, se incrementa el gasto municipal y –sin duda-  se desacredita al empleado de carrera que sin defensa alguna ve como se privilegia la corporación de punteros políticos (en su mayoría inútiles en las tareas que son designados porque el Intendente los elige porque son “leales” y no por ser los más idóneos y capacitados).

La prioridad ahora es incrementar la recaudación municipal y lograr la mayor discrecionalidad posible en el uso de los dineros públicos, para apuntalar la carrera política de la corporación política que ha tomado democráticamente el municipio. Los contribuyentes no conocen donde se gastan los dineros públicos, no existe modo de averiguarlo, los presupuestos son dibujos que no reflejan el gasto real y menos justifican su uso legítimo.

Como es una estructura corporativa, busca aliarse con otras estructuras corporativas que garanticen ascenso político. Así los gremios tradicionales aparecen como principales aliados y el intendente de turno no tiene ningún reparo en otorgarles tierras de la Comunidad y demás privilegios a cambio del voto de sus súbditos.

Por eso no es casual que no se quiera planificar seriamente la ciudad, porque ello significa comprometer dineros públicos que no podrán ser usados discrecionalmente. Tampoco es casual que se oculten la cantidad de sueldos municipales que se pagan porque ello denuncia a los punteros políticos disfrazados de empleados municipales. Tampoco habrá concursos públicos para cubrir puestos jerárquicos porque en esos lugares se necesitan punteros políticos. El sistema ha ido adaptándose a los nuevos tiempos y ahora también hay punteros monotributistas que prestan sus “servicios” a la corporación. En fin, cuanta mayor oscuridad mejor.

Claro que presentar esta realidad a los vecinos resulta “políticamente incorrecto”. Es mejor entonces recurrir al discurso hipócrita a mansalva, difundirlos sin critica ni reparo alguno por los medios de difusión tradicionales -amigos (¿cómplices?) de la corporación- que a cambio reciben una parte suculenta del reparto del dinero de los contribuyentes, para buscar los votos que le permitirá seguir viviendo (y muy bien) de la “guita ajena”.

Cualquiera sea la ocasión Usted siempre escuchara el mismo discurso: “conocemos bien al pueblo y sus problemas…vamos a velar por los intereses de la clase trabajadora…vamos a trabajar por la integración social de los más humildes…codo a codo conseguiremos los resultados…vamos a golpear todas las puertas que hagan falta para defender los derechos de los madrynenses…vamos a combatir la corrupción…lucharemos hasta el final por el Madyn que todos queremos…este es un proyectos que convirtió las promesas en realidad…el vecino va ser escuchado…hemos otorgado miles de títulos de propiedad…hemos dado respuesta social a miles de personas…hemos aumentado la cantidad de talleres culturales y proyectos de deporte…tenemos la mejor ciudad…Madryn tiene magia…es la más linda…incrementamos la cantidad de turistas…hemos ampliado redes de agua, de energía eléctrica…habrá nuevas pavimentaciones y más cordones cuneta

En fin, el discurso hipócrita es interminable. Y puede tener los más variados matices, hasta se puede homenajear en un discurso de campaña a quien fuera uno de los mayores opositores a este sistema corporativo de hacer política (Victoriano Salazar).

Por eso, el viejo y conocido refrán del lunfardo que titula este editorial cuadra perfectamente bien para nuestros políticos. . Y entonces, otro gallo cantará.